Bolivia y su posición ante la Revolución Bolivariana

 

El presidente Nicolás Maduro juramentó este jueves 10, por segunda vez, a la más alta investidura de la República Bolivariana de Venezuela, luego de ser reelegido con el 67% de la votación en elecciones anticipadas que, por acuerdo político con la oposición, se realizaron el 20 de mayo de 2018. 

A pesar de que estos comicios fueron pactados con la oposición tras seis largos meses de diálogo en República Dominicana, con la participación en calidad de garantes de seis países de la región y el exjefe del Gobierno español José Luis Rodríguez Zapatero, un grupo de partidos de la llamada Mesa de Unidad Democrática (MUD) decidieron borrar con el codo lo que habían firmado con la mano. No participaron en las elecciones y desde ese mes no cesaron en desplegar una campaña internacional para denunciar que no hubo una campaña justa y transparente, y que desconocían los resultados.

No hay que olvidar que los comicios presidenciales tuvieron que hacerse recién en diciembre de 2018, pero su convocatoria anticipada se hizo como una forma de quitarle el pretexto a la oposición, que en marzo y abril desencadenó una ola de violencia extrema a través de las llamadas “guarimbas” (protestas violentas) para que las justas electorales se adelantaran. En las elecciones de mayo participaron cuatro candidaturas, de las cuales tres correspondían a los partidos de la oposición que habían sido excluidos por la MUD para participar en los diálogos de República Dominicana.  

Por lo tanto, la reelección de Nicolás Maduro es plena y absolutamente legal y legítima. Responde a lo establecido por la Constitución Bolivariana y cuenta con el apoyo de la inmensa mayoría de los venezolanos que sólo quieren vivir en paz y resolver, con sus propias manos y sin injerencia, los problemas internos que enfrentan debido, principalmente, a las múltiples formas de guerra que el imperialismo y la derecha no se cansan de desplegar.

El poderoso aparato político y mediático sabe perfectamente que el Presidente venezolano fue reelecto legal y legítimamente, pero su incapacidad de aceptar que la Revolución Bolivariana es fuerte lo lleva a desarrollar una campaña internacional con el uso de las noticias falsas como método de descrédito y la guerra económica como factor de inestabilidad, además de los permanentes intentos de golpes de Estado.

La ofensiva imperial y derechista no es inocente. Desde el punto de vista económico, Venezuela cuenta con grandes recursos naturales que son apetecidos por las transnacionales: tiene las reservas de petróleo y gas más grandes del mundo e importantes reservorios de agua, además de cuantiosos yacimientos mineralógicos. Desde el punto de vista político es un mal ejemplo para el mundo, porque demuestra, como lo hace Cuba desde hace 60 años y Bolivia hace 13, que sí es posible construir otro mundo distinto a la dictadura del capitalismo.

Por eso, ya no llama la atención el pronunciamiento del llamado Grupo de Lima que hace varios días instaba a Maduro a no asumir la presidencia de Venezuela y le pedía transferir el gobierno a la Asamblea Nacional de mayoría opositora, y difícilmente sorprenderá los preparativos de un golpe de Estado que la derecha pretende concretar, según se ha denunciado desde Caracas.  

Venezuela tiene un gobierno legítimo que surgió de la voluntad popular en las urnas y hay un pueblo con alta conciencia social que está dispuesto a todo para defender su revolución. Estados Unidos, a través de la OEA y gobiernos títeres, va a seguir conspirando, pero —como dijo el presidente Evo Morales— es hora de los pueblos y no del imperio.