El deseo fallido de Mesa contra Bolivia

 

El expresidente Carlos Mesa sostuvo, el viernes pasado, que el Consejo Permanente de la Organización de Estados Americanos (OEA) había decidido aplicar la Carta Democrática Interamericana (CDI) contra Venezuela y, asimismo, sugirió igual tratamiento con Bolivia.

La posición de Mesa sorprendió, no por la naturaleza de su contenido, pues sus ideas y visión del mundo son altamente conocidas en los círculos políticos. No por nada esos principios (neo)liberales lo condujeron a ser el vicepresidente de Gonzalo Sánchez de Lozada en 2002, para luego convertirse en presidente del país tras la renuncia y fuga de su mentor político. 

Lo que llama la atención es su falta de información de lo que decidió la OEA en el caso de Venezuela y su absoluto desconocimiento del procedimiento que rige al organismo regional que, aunque controlado por un secretario general alineado a los mandatos imperiales, no ha podido ni podrá tomar medidas contra los gobiernos de izquierda.  En el caso concreto de la Revolución Bolivariana de Venezuela, lo que hubo es la aprobación de una resolución que no causa efecto jurídico-político alguno ni mucho menos activa la CDI. Para tener efecto concreto necesita seguir el procedimiento que va entre convocar un tipo de reunión específica de embajadores, enviar una misión a Venezuela y otros pasos adicionales, para luego aprobar una resolución con el apoyo de 24 votos de los países miembros. Hace más de dos años que Almagro lo intenta sin resultado alguno, lo que condujo después a alentar la conformación del Grupo de Lima, a manera de oxigenar a la OEA que se estaba desgastando más de lo que está.

Su criterio de que la CDI debería activarse contra Bolivia por los resultados del referendo del 21 de febrero de 2016 y lo que considera una ilegal e ilegítima postulación del binomio Evo Morales-Álvaro García Linera para las elecciones de este año, refleja varios aspectos igualmente importantes: primero, una posición irresponsable frente a los intereses del país, pues coloca sus aspiraciones particulares por encima de la estabilidad económica y política de la que los bolivianos y bolivianas gozamos desde enero de 2006. Segundo, el candidato del neoliberalismo busca generar un ambiente de incertidumbre y de temor psicológico en la gente sobre las proyecciones de la economía y su vida cotidiana, lo que felizmente no funcionará por la confianza de la población y de los actores de la economía en el Gobierno. Tercero, denota ignorancia sobre un dato de la realidad: en la OEA no existe ninguna solicitud, trámite, procedimiento o mecanismo en marcha para considerar la situación de Bolivia ni mucho menos para activar la CDI.

No hay duda de que Mesa está nervioso y que eso lo traiciona al momento de realizar un análisis objetivo y sereno sobre la coyuntura política nacional, cuyo eje está determinado por las elecciones primarias y generales que el país vivirá en enero y octubre, respectivamente. El candidato del neoliberalismo sabe que el MAS es la organización política con más militantes registrados y que el presidente Evo Morales cuenta con el mayor respaldo electoral en el país, a pesar de la campaña mediática desplegada en su contra.

Si Mesa pretende aportar a la democracia efectiva que se construye en los últimos 12 años, debería presentarle al país un proyecto alternativo al que actualmente rige, en vez de tocar la puerta de factores externos de poder que no doblegarán al Gobierno ni al Proceso de Cambio.