Cipayos y sub-cipayo, una nomenclatura de la traición

Foto: Archivo
Fusil Enfield modelo 1853.

 

Por Alejo Brignole     

Cuando hacemos un breve repaso sobre las actuaciones de muchos mandatarios latinoamericanos, de sus políticos y hombres de Estado —aquellos encargados de propiciar la realización de nuestras naciones— vemos con indignación que se inclinan a los poderes extranjeros con docilidad y genuflexión. Algo, sin dudas, doloroso de presenciar. Esta vocación por servir al poderoso ha sido tratada desde diversas tradiciones artísticas, desde la poesía, el teatro y el cine. Los ingleses Shakespeare, William Blake, o Charles Chaplin, el argentino Julio Cortázar o el colombiano García Márquez, y los franceses Victor Hugo u Honoré de Balzac han escrito y retratado a esta tipología del hombre público o ciudadano común inclinado a facilitar la entrega y a sacrificar lo colectivo en favor de aquello que le somete. Mariátegui, Cicerón, Almaraz Paz, Aristóteles, Karl Marx o Martí lo hicieron magistralmente desde el pensamiento político.

En Nuestra América —tan rica y trágicamente abundante en espíritus colonizados— desde principios del siglo XX se impuso una palabra que ha pasado a ser verdadera personificación y metonimia del traidor a su pueblo. Nos referimos a “cipayo”, de uso tan extendido que podemos leer este sustantivo como un adjetivo para deshonrar al que traiciona a sus hermanos. Sin embargo y a pesar de su uso frecuente, no muchos conocen el verdadero origen del vocablo y sus raíces históricas. 

Inglaterra había establecido colonias comerciales en territorio indio desde el siglo XVII a través de lo que luego sería la British East India Company (Compañía Británica de las Indias Orientales), que era una empresa privada pero controlada de manera informal por la Corona. Esta verdadera corporación transnacional, que llegó a controlar la mitad del comercio mundial de su época y hasta acuñaba su propia moneda, no difería en sus prácticas capitalistas de las multinacionales actuales. Como hoy, aquella se servía del terror y de fuerzas militares privadas para controlar sus rutas comerciales, sus fuentes de recursos y los monopolios sobre los productos, ya fuese algodón, tinturas, opio, té o la sal (de la cual la Compañía llegó a tener el control monopólico hasta la independencia de la India, liderada por Mahatma Gandhi, en 1947). 

Estos ejércitos coloniales estaban formados en su mayor parte por aquellos cipayos nativos que aseguraban la supremacía inglesa en la región por sobre otras potencias europeas como Holanda y Portugal, que competían por rutas orientales y fuentes de materias primas. Los cipayos también reprimían a sus hermanos indígenas y aseguraban así la continuidad de la Compañía y sus intereses estrechamente fusionados con los de la Corona británica. Aun cuando los funcionarios y militares coloniales les prodigaban un trato despectivo, los segregaban racialmente y los consideraban culturalmente inferiores. Esta arrogancia imperialista fue tolerada durante décadas por los cipayos a cambio de un estatus precario como dominadores de segunda categoría. Ellos entendían que inclinándose al poder económico y militar extranjero al menos obtenían las migajas propias del sirviente amparado por el sometedor. Estas fuerzas mercenarias contaban con 200.000 nativos a las órdenes de unos 5.000 oficiales y suboficiales británicos. Los llamados casacas rojas. 

Sin embargo, un hecho azaroso despertó cierto sentido de la dignidad en estos hombres rebajados. Fue cuando Inglaterra incorporó en sus ejércitos el fusil Enfield modelo 1853. Esta arma de avancarga (se cargaba por la boca del cañón) utilizaba cartuchos de papel que debían ser mordidos por el tirador para abrirlos y verter la pólvora y el proyectil dentro. El problema consistía en que estaban fabricados con un aditamento de grasa de cerdo o bien de vaca. Y ambos animales eran sagrados para los cipayos, según fueran musulmanes o hinduistas. La compañía ocultó este dato técnico de la munición, algo que finalmente trascendió a pesar de la persistente negación de las autoridades británicas. 

El 26 de febrero de 1857, el Regimiento 19º de Infantería de Bengala rehusó utilizar los nuevos fusiles, iniciándose así una protesta militar que estuvo a punto de terminar con el dominio británico en la India. Meses más tarde, el 9 de mayo, 85 soldados del 3º Regimiento de Caballería Ligera también se negaron a utilizar el armamento y su sacrílega munición. La respuesta de los mandos ingleses fue humillarlos despojándolos de sus uniformes en público. Ello provocó que al día siguiente otros dos regimientos de Caballería de Bengala se sublevaran e iniciaran una feroz represalia contra los colonos europeos, pasando por las armas incluso a los empleados civiles que vivían en las zonas residenciales inglesas. 

La llamada Rebelión de los Cipayos —que se prolongó por más de un año— demostró al menos que aquellos hombres utilizados como peones imperiales y como fuerza de sometimiento colonial contra sus propios hermanos, conservaban un resto de dignidad ontológica. Sorpresivamente fueron capaces de enfrentar a ese imperialismo que les prodigaba un desprecio absoluto. 

Las represalias de la British East India Company fueros brutales y se saldaron con miles de cipayos muertos y sus cabecillas amarrados frente a la boca de los cañones, tal como muestra una célebre pintura de 1887 del ruso Vasili Vereshchagui. Con esa bárbara muerte como escarmiento —desmembrados a bocajarro de la artillería— los ingleses les negaban a los ejecutados la posibilidad del karma, de reencarnarse y finalmente alcanzar el Nirvana, según las creencias hindúes. Los imperialismos no perdonan a quienes se les oponen  y aunque se proclamen civilizados muestran toda la ignominia que motiva su praxis y su filosofía: obtener lucro y arrasar todo a su paso, incluidos los seres humanos.

En nuestra ¿lejana? realidad latinoamericana, no podemos dejar de preguntarnos si los que se rebajan al imperialismo estadounidense no son acaso peores que aquellos cipayos que finalmente presentaron pelea. Diplomáticos como Luis Almagro, o traidores a sus pueblos como el mexicano Peña Nieto, como el argentino Mauricio Macri o el chileno Sebastián Piñera, o ese guiñol llamado Juan Guaidó… ¿No son acaso una subespecie más degrada aun que aquellos indios traidores a su raza? Debemos preguntarnos si hombres como Jair Bolsonaro, como Vicente Fox, Ollanta Humala e Iván Duque, o adocenados besamanos como Samuel Doria Medina y tantos otros, no son dignos siquiera de llamarse cipayos. Ellos jamás sufrieron arrebatos de dignidad restitutiva frente al colonialismo asesino que Washington ejerce sobre nuestras estructuras y nuestros pueblos. 

Muchos de ellos podrán gozar de honores fatuos y todas las pompas de las que hablara Marx. Podrán llenarse de medallas y adulaciones surgidas del poder imperial que les desprecia y luego los abandona con repugnancia en el vertedero de la historia. Podrán sentirse importantes, pero en realidad son apenas cadáveres que no pertenecen ni a este mundo de luchadores ni a aquel de usurpadores que tanto les seduce. Son nada. Ni siquiera cipayos, pues no poseen la mínima, la infinitesimal partícula subatómica de dignidad personal o cultural para alzar la vista frente a sus amos estadounidenses.