Brasil: los ocho jinetes del Apocalipsis

 

Susana Merino

Pero ¿cómo?, ¿no eran cuatro los bíblicos jinetes del evangelio según San Juan? Sí, ciertamente sí, pero parece que en nuestro vecino Brasil la inflación o la especulación o algún otro misterioso factor los ha duplicado convirtiéndolos en ocho.

Comencemos por el primero, el general Hamilton Mourao, vicepresidente del país, que apareció como ignoto compañero de fórmula de Bolsonaro en la campaña electoral que lo eligió presidente. Católico y masón como se describe a sí mismo, ardiente defensor de la dictadura que gobernó el país por más de 20 años y militante del minúsculo y ultraconservador Partido Renovador Laborista Brasileño, quien cuando ya trastabillaba el gobierno de Temer puso claramente de manifiesto su espíritu antidemocrático al decir en su propia logia que “si las instituciones no están a la altura de las circunstancias para resolver el problema, nosotros, los militares, tendremos que hacerlo”.

Ya en funciones ha puesto en marcha su maquinaria ideológica: su primera  intervención se ha producido en el ámbito laboral proponiendo darle al trabajador la opción de obtener más sueldo a cambio de que el empleador no haga aportes a la seguridad social  y de que sean los mismos trabajadores quienes creen su propio fondo de capitalización para el futuro.

Y vamos por el segundo: el general Augusto Heleno, responsable del gabinete de Seguridad Institucional encargado de todo el aparato de seguridad e inteligencia del Estado cuyos “méritos” más recientes son haber sido el primer comandante brasileño de la Misión de Estabilización de las Naciones Unidas en Haití (Minustah) y el haber estado a cargo del Comando Militar de la Amazonia. Considerado un hombre de peso en el entorno del Presidente brasileño, declaró recientemente que la Amazonia es un tema de soberanía nacional y que no se permitirá que nadie, ni ONG ni organismos internacionales, ni otros países interfieran en las políticas brasileñas en la región: “Cuidar de la Amazonia brasileña corresponde únicamente a Brasil”.

Y agregó: “Brasil no expresa sus opiniones sobre el desierto del Sahara, las Ardenas, el Alaska; cada país debe cuidar su soberanía”. ¡El pulmón del mundo en serio peligro! Es además autor del proyecto de creación de las Unidades de Policía Pacificadora (UPP) con las que se militarizaron las favelas de Brasil. 

El tercero es el ministro de Defensa, Fernando Azevedo e Silva, general de ejército, cuatro estrellas, camarada de Bolsonaro en la escuela militar y paracaidista como él, convencido de que las Fuerzas Armadas sometidas últimamente a muchos desafíos urgentes y ajenos a sus funciones “exigen  —en consecuencia— preparación esmerada, recursos condicionados y remuneraciones compatibles”. El Presidente ha manifestado que lo que más aprecia en él es su perfil político.

Y el cuarto, que completaría el cuadro de los míticos jinetes, el teniente coronel Marcos Pontes, casi un extraterrestre ya que ha sido el único astronauta brasileño que ostenta en su currículo haber viajado al espacio, una experiencia en cuya preparación el Gobierno brasileño invirtió unos 20 millones de dólares. De aquí en más estará a cargo del ministerio brasileño de Ciencia y Tecnología, siguiendo los pasos de su colega español, el astronauta Pedro Duque, que también se ha convertido en la máxima autoridad en ciencia y tecnología de su país.

Entre sus pocas declaraciones ha dicho: “Pocas personas pueden decir que arriesgan la vida por su país y yo lo hice, en cohetes como en aviones de combate”. Ambos riesgos, en todo caso, han sido más bien aspiraciones personales que el Gobierno de su país ha financiado, un arrojo ciertamente que tendrá que convertir ahora en beneficio para su país y en la de formar ciudadanos calificados y promover, a partir de la ciencia y el desarrollo de nuevas ideas, la generación de nuevas empresas y de nuevos empleos como lo ha prometido al frente de sus nuevas responsabilidades.

Ya con el quinto comenzamos a superar a los cuatro jinetes primigenios, se trata del teniente general Carlos Alberto dos Santos Cruz, responsable de la Secretaría de Gobierno con rango de ministerio, otro de los militares que ostenta el dudoso honor de haber sido comandante de las tropas de paz de Naciones Unidas en Haití y es uno de los que auspician la portación de armas por la ciudadanía tanto en los domicilios como en la calle.

Señaló que “no es un problema de seguridad pública, sino una cuestión que hace a la legítima defensa de la libertad individual, de la libertad de defender el patrimonio y la vida”, agregando que “el Estado fue criminal cuando desarmó a los ciudadanos sin desarmar a los bandidos”, consignó la agencia de noticias Ansa. No es extraño que con ese criterio recrudezca la violencia en Brasil, como ya ha sucedido en otros países del mundo.

El sexto es finalmente un civil, Luis Enrique Mandetta, pero como médico militar fuertemente contaminado de seguro por la ideología indudablemente compartida con sus camaradas de actividad, además es un controvertido diputado que tiene tres procesos judiciales por fraude en licitaciones, improbidad administrativa y tráfico de influencias. Desde el Ministerio de Salud manejará el segundo presupuesto más importante del erario brasileño, siendo conocida su vinculación con la Bancada de la Salud que reúne al sector privado de esa área, antecedentes que de algún modo lo asemeja a Tereza Cristina Correa Dias, una ingeniera agrónoma promovida por la “bancada de los ruralistas”, actualmente a cargo del Ministerio de Agricultura.

El séptimo es el capitán del Ejército Wagner Rosario, que procedente del gobierno anterior seguirá desempeñando la cartera de la Transparencia, un organismo conocido por CGU (Controladuría General de la Unión) creado en 2003 por Lula da Silva con estatus de ministerio y responsabilidad sobre el control interno del gobierno y de las políticas de transparencia. Graduado en Ciencias Militares por la Academia de las Agujas Negras y maestro en Combate a la Corrupción y Estado de Derecho.

Y finalmente, aunque “last but no tleast” porque es el jefe y responsable absoluto de la conformación del gabinete ministerial militar descrito: Jair Bolsonaro, el nuevo presidente de la República Federativa de Brasil, a la que sin duda espera un futuro bastante incierto teniendo en cuenta sus  manifiestas declaraciones en las que presume haber conformado un equipo de gobierno en el que convivirán además del detallado grupo de ministros militares, empresarios neoliberales, economistas vinculados a la escuela de Chicago, pastores de las iglesias evangelistas.

Ha declarado que retirará al Brasil del Acuerdo de París contra el cambio climático porque estima que un tratado internacional no puede vulnerar la soberanía del país ni establecer límites de deforestación, así fuere en la Amazonía; que privatizará el sistema previsional y que ha manifestado que Brasil no puede ser un país de fronteras abiertas, por lo que también se propone revocar la actual ley de migraciones. Estas y muchas otras iniciativas antipopulares y antidemocráticas amenazan a Brasil.

Tanto es así que esto sería apenas un vago remedo del Apocalipsis si esta comparsa, que parecería carnavalesca, como sería lo tradicional en el Brasil, no hubiera surgido a la sombra de la famosa Escuela Militar Agulhas Negras e instrumentada por el Ejército a partir de 2014, cuando se cumplían 50 años del golpe de 1964. Una instrumentación basada en la obsesión de librar al país de un mítico comunismo y de establecer una “tercera vía” en la que los militares encabezaran un régimen propio, ni subordinados ni pasivos ante las autoridades civiles y que llamaron “nueva democracia”. 

Una “democracia” en la que los militares tuvieran acceso irrestricto a la función pública imponiéndole a la sociedad los valores de “disciplina, respeto y humildad” de los que, según el entonces comandante en jefe del Ejército general Eduardo Días da Costa Villas Boas, daba fehacientes muestras de compromiso Jair Bolsonaro, alguien que según su convicción sería capaz de  rescatar al Brasil de las “amarras ideológicas” que lo aprisionaban y a quien por consiguiente brindó su apoyo irrestricto en su acceso al poder.

Prueba de ello fueron las reiteradas muestras de reconocimiento que le expresó Bolsonaro a Villas Boas en el acto de asunción presidencial, conmoviendo a su mentor hasta las lágrimas y prometiéndole además llevar su agradecimiento y su compromiso hasta la tumba. Bolsonaro, a sabiendas de sus ascendencias entre los militares, lo nombró asesor del Gabinete de Seguridad Institucional de la Presidencia.

¡Es indudable que faltaba esta aparición del “666” para completar el panorama tristemente apocalíptico de nuestro gran hermano latinoamericano! ¡Dios ampare a los brasileños!