Rafael Barret, el desconocido imprescindible

 

Por Alejo Brignole     

Rafael Barrett, que fue contemporáneo tardío de José Martí, es quizás el que mejor prefiguró a toda una generación muy posterior de intelectuales y pensadores latinoamericanos que reflexionaron a Nuestra América o a sus partes, desde la consternación por sus injusticias y el furor de la denuncia indignada. Debido a esta mirada, Barrett —que murió muy joven en 1910, a los 34 años— fue un precursor.

A pesar de ser considerado un intelectual paraguayo, Rafael Barrett nació en la ciudad de Torrelavega, en la región española de Cantabria, en 1876. Su padre era el inglés George Barrett Clarke, natural de Coventry, y su madre, María del Carmen Álvarez de Toledo, emparentada con la Casa de Alba. Es decir, con la más rancio —aunque decadente— de la aristocracia española. Por tanto la pertenencia paraguaya de Rafael Barret fue el fruto de su vida azarosa y de una elección personal profundamente humana de comunión con los desposeídos y los marginados del mundo.

Hijo de familia acomodada como era, en 1896 y con 20 años se muda a Madrid para estudiar la carrera de ingeniero. En la capital española vive al uso de la época para los jóvenes señoritos de las clases elevadas, donde el despilfarro, la bohemia y los lances de duelo eran la regla.

Sin embargo, en Madrid también conoce a los que luego serían los literatos protagonistas de la llamada Generación del 98, como Azorín, Ramón del Valle Inclán o Pío Baroja. Recordemos que esta generación de hombres de las letras españolas expresará en sus obras todo el desasosiego, la protesta y el absurdo de una nación que había perdido el rumbo.

El oxidado imperio español estaba en pleno y último derrumbe tras el llamado Desastre de 1898, cuando pierde sus posesiones de Cuba, Puerto Rico y Filipinas tras la Guerra Hispano-estadounidense. Rafael Barret asume esta gimnasia crítica hacia la sociedad que le impregna la generación del 98 y se torna asiduo de varios salones literarios madrileños. No obstante, esta vida efervescente y mundana no tardaría en llevarlo hacia callejones indeseados. De carácter altivo, en 1902, Rafael se involucra en una serie de escándalos y ofensas injustificadas —será acusado de sodomita— que lo enfrentan a personajes influyentes de Madrid. Esto afecta su buen nombre y sumado a que sus arcas estaban muy mermadas, decide abandonar Europa a los 26 años.

Viaja a la Argentina y escribe para algunos periódicos, aunque no permanecerá mucho allí y en 1904 se instala en Asunción del Paraguay como corresponsal del diario argentino El Tiempo para cubrir la revolución liberal que allí estaba tomando fuerza.

A partir de entonces será Paraguay su patria adoptiva y donde desarrollará casi toda su obra y sus descarnadas reflexiones sociales y filosóficas, además de ser la tierra donde halló el amor junto a Francisca López Maíz, con quien se casará en 1905. El propio Barret dirá que fue en Paraguay donde “se volvió bueno”. No obstante, protagonizará aún incidentes con duelos y se involucrará en la política nacional de manera activa y arriesgada, lo que le valdrá el exilio a Brasil y Uruguay.

De ideas anarquistas y dotado de una potente mirada crítica, Rafael Barrett alcanzó a escribir una obra considerable que no alcanzó a ver editada, a excepción de su primer libro Moralidades actuales.

Progresivamente, sus numerosos artículos publicados en diversos medios paraguayos fueron adquiriendo un claro tono de denuncia social y enorme agudeza filosófica, lo que le gana la admiración de muchos, pero también el encono de las clases dominantes. Sobre todo por su descripción de las condiciones de vida de los mensús —obreros cuasi esclavizados en los ingenios yerbateros—, que mediante un sistema de pagos adelantados eran endeudados a perpetuidad sin poder abandonar las plantaciones, donde la vida era extremadamente dura e infame. De hecho su serie de artículos escritos a partir de 1908 y luego titulados, Lo que son los yerbales paraguayos, y que no alcanzó a ver publicados como libro, es un estudio de enorme valor didáctico-social, a la vez que una aguda reflexión sobre el atroz sistema que imponían las oligarquías agropecuarias paraguayas a sus obreros rurales.

Lúcido detractor de racismo científico que dominaba el pensamiento de su época y del positivismo al servicio del statu quo, Barrett defiende lo telúrico paraguayo, lo ancestral y originario, al punto de citar con fluidez frases y pensamientos en guaraní.

Y mientras en Argentina el Ministro de Justicia y celebrado literato Joaquín V. González escribía: “La protección de las razas indias no puede admitirse si no para asegurarles una extinción dulce”, Rafael Barrett defendía la herencia indígena y el bilingüismo: “Que el castellano se aplique mejor a las relaciones de la cultura moderna, cuyo carácter es impersonal, general dialéctico, ¿quién lo duda? Pero, ¿no se aplicaría mejor el guaraní a las relaciones individuales estéticas, religiosas, de esta raza y esta tierra?”.

Lamentablemente en ese Paraguay que tanto amó, que le dio una familia e hijos y un contexto para su humana lucha, también contrajo una tuberculosis que fue la que se ensañó con su salud y lo llevó prematuramente a la tumba.

Por esta irrupción de la fatalidad es que Barrett no verá su obra publicada, salvo la citada Moralidades actuales, que en 1909 tuvo un muy aceptable éxito. Su libro El dolor paraguayo verá la luz en 1911, luego de su fallecimiento, y cuyo título parece preludiar aquella otra obra de 1969, Requiem para una república, de Sergio Almaraz Paz. En ambos parece prevalecer ese Geist hegeliano, ese espíritu de los tiempos que tanto en Barrett y en Almaraz Paz tiene una enorme significación humanista y americanista. Barrett parece adelantarse medio siglo en un sendero que luego otros caminaron a través del análisis y la denuncia de los males de nuestra patria común.

En la breve, pero bellísima semblanza biográfica de Barrett que hace el economista y diplomático argentino Carlos Piñeiro Iñíguez en su obra de 2014 Pensadores latinoamericanos del siglo XX (Ed. Ariel, Bs. As.), nos dice: “Rafael Barrett optó por América y no se quedó en sus orillas o puertos, sino que fue a construir la utopía en el corazón paraguayo, en el interior profundo de un continente en ebullición. Vivió apenas siete años entre nosotros, pero lo hizo con tal intensidad, con tal compromiso existencial que todavía recogemos los frutos de esa elección.”

Algunos años más tarde tras su muerte, se publicará la totalidad de su obra y se recopilarían sus artículos, poemarios, cartas personales, cuentos y primeros estudios estéticos.

Rafael Barret fue fecundo en todas sus dimensiones, que además se agigantan considerando su vida tan breve, pero tan llena de frutos amorosos hacia el hombre común y sus padecimientos. Existe una edición de Lo que son los yerbales paraguayos, editada en Montevideo en 1926 —de Ed. Claudio García—, que contiene dos interesantes semblanzas de Barret. Una del español Ramiro de Maetzu, que le conoció en Madrid, y otra del poeta y catedrático uruguayo Emilio Frugoni, que coincidió con Barrett en su exilio montevideano. Ambas reseñas son de enorme valor descriptivo de Rafael en sus diferentes etapas madurativas.

Como dato llamativo, señalemos que la existencia de este joven humanista ganado a la causa latinoamericana aún espera ser biografiada para salir de una cierta —e injusta— sombra histórica. Un libro que desempolve definitivamente la hermosa huella dejada en su amado Paraguay y en Nuestra América grande.