Miserables y rastreros

 

Delfín Arias Vargas (*)

“Nos dirigimos a su autoridad, en condición de Senadores y Diputados (as) del Parlamento Boliviano y Plataformas Ciudadanas, para solicitarle muy respetuosamente tenga bien interceder en América Latina y evitar que Evo Morales vuelva a postularse a la Presidencia de Bolivia”, comienza una carta infame que un grupo de políticos de oposición, miserables y rastreros, enviaron al presidente de Estados Unidos, Donald Trump, a quien imploran que intervenga en los asuntos internos de Bolivia.

La carta, enviada el 1 de abril, está firmada por la senadora Carmen Eva Gonzales y los diputados Amilcar Barral, Enrique Siles, Agustín Condori, Norma Piérola, Susana Campos, Cira Castro, Yeimi Peña, Rodrigo Valdivia, María Eugenia Calcina, Isabel Villca y Édgar Rendón; además de los activistas de derecha Alain Claros, Roger Martínez y María Analin Suárez.

En la misiva a Trump, a quien admiran y en quien depositan su esperanza de volver a gobernar Bolivia, esos 15 políticos rastreros en realidad son la cara visible y los portavoces de intereses antinacionales obcecados en impedir —a cualquier costo— un nuevo triunfo electoral de Evo.

Son voceros de la antinación escondida detrás de consignas como el 21F y partidarios de lo que Zavaleta Mercado denominó el Estado aparente, en el que se hace más evidente y directa la presencia de intereses de la clase dominante como política de gobierno. La existencia de un Estado aparente es un índice de la falta de identidad nacional; es decir, de la producción del sentimiento y la materialidad de la pertenencia a un Estado nación.

Un Estado aparente es, entonces, un Estado incompleto o un Estado parcial. Está quebrado de varios modos, en varios tiempos y localidades. No puede construir un óptimo de correspondencia con su sociedad civil, que no es homogénea ni está unificada, por lo que corresponde a una pequeña parte de la sociedad, solo a una parte dominante que no ha logrado unificar la diversidad social que, sin embargo, coexiste dominada.

Ya lo dijo Zabaleta Mercado, el Estado nacional es lo que ocurre cuando la sociedad civil se ha convertido en nación y tiene un solo poder político; es decir, el Estado nacional es algo así como la culminación de la nación. 

Y tras lanzar medias verdades y mentiras completas —dizque en ‘defensa de la democracia’—, como que el gobierno de Evo es “una dictadura”, que los “miembros del Tribunal Plurinacional Constitucional han cometido delito de prevaricato” al habilitar a las autoridades electas a volver a postularse, que las elecciones de octubre “están orquestadas para que él (Evo) triunfe”, que Bolivia “se encuentra hoy en peligro de subsistencia democrática” y otros embustes, se desenmascararon e imploraron la intervención extranjera en Bolivia.

Por ello sostienen que Evo preside un gobierno ‘autoritario’ con “fuertes lazos de alianza con la dictadura cubana y venezolana, principalmente, con el régimen fundamentalista de Irán, por lo que es un peligro para el hemisferio”.

Y por si fuera poco, solicitan a Trump que la OEA, del también impresentable Luis Almagro, y la comunidad internacional, se pronuncien y eviten “la consolidación de la dictadura totalitaria de Evo Morales en Bolivia”.

Es en ese contexto que la derecha reaccionaria y aliada del imperialismo arremete contra Evo y todo lo que representa en la construcción del Estado Plurinacional, es decir, el Estado nacional que perfiló Zabaleta Mercado.

Además, el imperialismo y los políticos rastreros, que son sus aliados, tienen en la mira la destrucción de las conquistas sociales y de todo lo construido en los 13 años de vigencia del Proceso de Cambio. Saben que carecen de apoyo popular y por eso desacreditan a Evo, por eso comienzan a hablar de fraude, por eso alientan la intervención imperial en Bolivia.

No admiten que el proceso revolucionario tuvo el acierto de crear consciencia de clase en grandes segmentos de la población boliviana, entre aquellos hombres y mujeres sempiternamente marginados por el viejo Estado republicano, colonial, racista y discriminador que hoy intentan resucitar a cualquier precio.

A los partidarios de la injerencia del imperialismo en asuntos que solo conciernen a las y los bolivianos, les causa terror que el pueblo haya tomado conciencia de que las clases sociales están definidas por el lugar que los hombres ocupan dentro del proceso de producción, no por el falaz discurso oportunista de quienes gobernaron Bolivia por más de 180 años y siempre engañaron al pueblo.

La derecha tiembla porque el pueblo ha asumido su condición objetiva: que la “clase en sí” debía ser completada por la “clase para sí”. Es decir, por la conciencia de clase que implica la neutralización de la perniciosa influencia de la ideología neoliberal, excluyente, racista o “falsa conciencia” que intenta legitimar los privilegios de unos pocos sobre los derechos de la mayoría.

Ahora bien, en su tradicional visión geométrica de la política, la derecha reaccionaria no admite un nuevo triunfo electoral en octubre de un líder como Evo, nacido en el seno del pueblo.

Esta es la derecha que asume la defensa a ultranza de la estratificación social, que está convencida que la injusticia social es necesaria para preservar sus privilegios, que reivindica la relación intrínseca entre propiedad privada y libertad, que se enorgullece de su alianza política con los jerarcas de la religión dominante, que carece de fe en el progreso y que desvela su servilismo rastrero con el imperialismo.

Y fiel a su esencial razón política de sobrevivencia, la derecha reaccionaria no busca construir un futuro diferente, sino restaurar el pasado, el Estado colonial, racista y discriminador que el proceso político revolucionario del cambio sepultó, gracias al militante apoyo del pueblo, en los últimos 13 años.

Es la derecha reaccionaria y sus dos caras: la aristocracia que aspira a “gobernar —dizque— con los mejores”, y la oligarquía que anhela un “gobierno de pocos”. No obstante, estos pocos han dejado de ser los mejores, porque no se ocuparon nunca de los intereses del pueblo porque atendieron siempre sus intereses particulares.

No obstante, la antinación tiene al frente a un líder —como Evo— que nacionalizó los recursos naturales, que recuperó la soberanía de la patria, que permitió que hombres y mujeres del campo y de la ciudad, de oriente y occidente, asuman que el problema de collas contra cambas y viceversa, que es un problema concebido por la antipatria para dividirnos. Ya lo dijo Jhonny Lazo, porque no existe contradicción alguna entre el pueblo camba y el pueblo colla.

Y quienes hoy claman por la intervención del imperialismo en Bolivia, son políticos miserables y rastreros que apuestan por la concentración del poder político en manos de unos pocos que obtienen muchos beneficios personales; son aquellos que desprecian la democracia cuando esta es inclusiva y popular, y se oponen firmemente a la redistribución de la riqueza de la patria.

(*) Comunicador social y periodista.