Miguel Gariazú, el arquero con alma de Tigre

Miguel Gariazú, en su domicilio, lee Cambio Deportivo. Es un eterno apasionado del fútbol.
Marco Quispe

La Paz / Marco Quispe

Miguel Gariazú no olvida aquella tarde de marzo de 1994 cuando le tocó enfrentar a un compatriota suyo, César Zabala, que jugaba en Independiente Petrolero de Sucre. El portero de The Strongest salió a contener un balón, pero desafortunadamente su cabeza chocó contra la rodilla del rival, provocándole una lesión.
“Me acuerdo que me caí y quedé mirando el cielo, estaba todavía consciente. Vi la cara de susto de Marco Francisquini (uno de sus compañeros). Me desmayé y no me acuerdo más. Desperté en el hospital la tarde del día siguiente”, relata el exfutbolista paraguayo.
Cuentan testigos que el sonido del hueso roto de su cabeza se escuchó en el estadio Hernando Siles, de La Paz. En ese momento, admite él, terminó su carrera profesional, sin embargo cree que jugar en el equipo aurinegro forjó su espíritu, y así lo hizo. Tres años después volvió a atajar ante sorpresa de todos.
‘El Puma’ o ‘El León’ del Tigre, como lo llamaban de cariño, reapareció tres años después de ese accidente en equipos de la asociación, pese a que algunos le habían dicho que nunca más jugaría. Con su agilidad y su tradicional melena, volvió a conquistar a los paceños que hasta hoy recuerdan a uno de los porteros más representativos que tuvo el cuadro atigrado en las década de los 80 y 90.
Gariazú nació el 26 de octubre de 1960 en Asunción, Paraguay, aunque admite que se crió en Luque, una ciudad ubicada en el Departamento Central de ese país, del cual él es muy querendón. El paraguayo desde muy niño decidió luchar por sus sueños. Siempre quiso ser futbolista, pero sobre todas las cosas quería ser el número 1 en la cancha.
“Empecé en las inferiores del club Sportivo Luqueño, un equipo que ahora está en la primera división del fútbol paraguayo. Me inicié en ese club por el cariño que le tenía”, dice el futbolista que comenzó su carrera a sus 12 años.
El mundialista paraguayo Raúl Vicente Amarilla, su primo, fue el único familiar suyo con el que compartió la pasión por el fútbol. Tras ganar un torneo infantil con el equipo luqueño, pasó al primer plantel. Pese a que estuvo un buen tiempo sin debutar en primera, Gariazú no se desesperó, esperó su oportunidad.
En 1978, un ya joven arquero de 18 años tomó la decisión de dejar la universidad, recibió la noticia de que atajaría ante el famoso club Nacional de Paraguay. El golero recuerda que sintió nerviosismo en su debut, pero dice también que en su primera atajada tomó confianza.
“Mi primera atajada fue un balón a quemarropa. La gente me aplaudió y desde ahí comencé a agarrar confianza y no paré más”, dice emocionado. Tras varios partidos defendiendo los colores amarillo y azul, decidió cambiar de aires para pasar a General Caballero, su segundo club, pero años después retornó a su querido cuadro luqueño.

AMOR A PRIMERA VISTA
En 1987, mientras el país se preparaba para celebrar su tradicional Carnaval, Gariazú se alistaba para algo nuevo en su carrera deportiva. En Paraguay recibió una noticia inesperada hasta ese momento. El presidente del Sportivo Luqueño, que además era empresario, le habló de la opción de que pueda emigrar por primera vez al exterior. “The Strongest, de Bolivia”, le aclaró.
“Me señaló que si llegaba al Tigre era para ser suplente porque ahí estaba Luis Galarza, que era una leyenda en Bolivia. ‘Si te animas, será para ser suplente, pero es una buena oportunidad’, me dijo. No lo dudé y acepté ese reto”.
Gariazú, con 26 años, pisó suelo paceño. No conocía a nadie, llegó solo, pero a su llegada se enamoró a primera vista de la ciudad. “La Paz es bella y hermosa. Me impresionó todo desde que llegué. Trabajé fuerte desde el primer día para hacer todo lo posible para quedarme”, afirma el deportista que desde ese momento hasta la actualidad no se alejó de Bolivia ni de La Paz.

ALMA ATIGRADA
 Ya en Bolivia, Gariazú fue conociendo la ciudad, pero sobre todo al Tigre de Achumani. A su llegada estaban grandes e históricos jugadores como: Jesús Reynaldo, Ricardo Fontana, Luis Iriondo, Eligio Martínez, Rolando Ortega, José Luis Coronado, Eduardo Villegas y Óscar Arce.
Los gualdinegros, que jugaban una Libertadores, recibieron a Gariazú de una forma única, según relata el deportista. En su segundo día en el club, el paraguayo no se imaginó que en el cuadro de Achumani iba a forjar un carácter fuerte que hasta ese momento no lo había tenido.
“Me invitaron a que participe del fútbol-tenis. Yo no pensé que esos juegos recreativos eran tomados muy en serio y en el primer pase erré. Me gritaron de todo por mi falla, cosas que no puedo reproducir. Y desde ahí me di cuenta de que para el Tigre no había amistoso, siempre se jugaba todo como una final. Ahí conocí el mundo strongest”.

DUEÑO DE LA PORTERÍA
A finales de 1987 e inicios de 1988, del Tigre se habían ido varias figuras, entre ellas su portero histórico, Galarza. 
Quedaron jugadores jóvenes y poco consagrados hasta ese momento. Trajeron al portero Mauricio Soria, que terminó jugando parte del torneo en 1987 y 1988. Gariazú siguió esperando hasta que Soria salió del plantel, y el paraguayo se quedó como titular.
“Era un equipo para cubrir los apuros. No éramos muy conocidos, pero pese a eso peleamos ante sorpresa de todos el título y salimos subcampeones, la final la perdimos ante Bolívar”, rememora.
En 1989, Miguel Gariazú se adueñó de la portería del plantel. Y esta vez con el retorno de algunas figuras lograron ganar el campeonato de ese año. El guaraní deslumbró a la hinchada atigrada, de la que se ganó su respeto y cariño de ahí en adelante. “Fue mi primer título con el Tigre, nunca lo olvidaré”, dice emocionado.

EL NÚMERO 1 
Hugo Orlando Gatti, apodado como ‘El Loco’, fue un arquero argentino que jugó en las décadas de los 60, 70 y 80. Es considerado por muchos el mejor golero que tuvo Argentina. Paseó su fútbol por clubes como Atlanta, Boca Juniors, River Plate, Gimnasia y Esgrima de La Plata, entre otros. Hugo Orlando tenía una cabellera larga que la sujetaba con una cinta en la cabeza.
Gariazú reconoce que se inspiró en ‘El Loco’ y que fue una de las razones por las que decidió tomar el camino del arco. “Volaba en el barrio sobre tierra o empedrado. No me hacía problema si me lastimaba, siempre quise ser arquero. Nunca jugué en otra posición. Además, quería ser como Gatti”, menciona.
No solamente se inspiró en el golero argentino en su estilo de juego, sino también en la forma en que vestía (pantaloncillos cortos, algo que era raro en esos tiempos) y su tradicional melena larga.
“Gracias a él me animé a ser arquero. Me gustaba cómo jugaba y su pinta también. En mis inicios en las inferiores, cuando podía me ponía una cinta en la cabeza como él. Fue mi mayor referente a nivel internacional”, subraya el nacido en Asunción.

TIGRE HASTA EL FINAL
El golero jugó a nivel profesional 13 años. Participó en al menos cinco torneos internacionales. Durante los inicios de los 90 cambió de aires. Durante tres años, antes de volver al Tigre en 1994, paseó su fútbol por Independiente de Sucre, Litoral, Orcobol y Universitario de Potosí, equipo al cual le guarda también un cariño especial.
En 1994 dejó el fútbol profesional de manera definitiva, pero nunca dejó de apoyar al Tigre. Bajo ese panorama, le propusieron ser entrenador de arqueros del club atigrado en 2000, cargo que ocupó durante cinco años consecutivos. En esa nueva faceta, el paraguayo incluso llegó a ser ayudante de campo y hasta director técnico de manera interna en el primer equipo, cuando así requería la circunstancia.
En la actualidad Gariazú se dedica a formar a jóvenes jugadores y arqueros en el colegio Saint Andrews, que está en la zona Sur de la urbe paceña. No dejó las canchas todavía, está vigente. Juega en torneos de villas con Los Amigos, un grupo de jugadores veteranos.
“Ya que no puedo jugar como antes, lo único que me queda por hacer es enseñar y me encanta, estoy feliz porque tengo grandes arqueros y mi equipo es bueno. Y en mis ratos libre me voy a jugar a las villas con mi equipo de amigos. Si no jugara al fútbol, no sé qué haría. Yo elegí ser deportista y es mi vida”.
Gariazú formó una familia en La Paz con su esposa Viviana. Tiene tres hijos: Fabiola, Romina y Mateo. Toda su familia es stronguista, al igual que él. Afirma que The Strongest le dio mucho y él también le dio todo al club. En sus venas corre sangre atigrada. Los colores los lleva en la piel y en su alma.
“El tigre forjó mi espíritu; estoy agradecido e identificado con sus colores. Gracias al cariño de la hinchada me recuperé. Siempre estaré agradecido, hasta la muerte”, afirma.
La grave lesión casi no le dejó señas. La cicatriz de la operación casi no se ve. Lleva una placa en la frente superior, porque los huesos rotos le dejaron descubierto el cerebro. Ya no molesta como antes, aunque él se cuida del sol. Miguel nunca se rindió en el arco y tampoco lo hace en la vida.

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58 años

Miguel Ángel Antonio Gariazú Torres nació el 26 de octubre de 1960 en Asunción, Paraguay. Fue un golero destacado.

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“Me quedo aquí hasta que muera”

Miguel Gariazú tiene un cariño especial por la ciudad de La Paz desde su llegada en 1987. Día a día se enamora de ella. Formó su familia aquí. Sus tres hijos y su esposa son paceños. Menciona que no pretende dejar la ciudad. “Vine para jugar a La Paz y terminé quedándome porque me gusta esta ciudad, es única. Tengo todo aquí y además formé mi familia. Yo me quedo aquí en La Paz hasta que muera”, dice el deportista paraguayo.
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En Sportivo Luqueño tuvo como suplente a José Luis Chilavert

Miguel Gariazú fue compañero de José Luis Chilavert. El golero se formó en el Sportivo Luqueño de Paraguay junto al exmundialista. Ambos salieron de la cantera del cuadro luqueño. El deportista que jugó en el Tigre relata que el apodado ‘Gordo’ fue durante un tiempo su suplente.
“Tengo dos años más que José Luis Chilavert; en los primeros años que yo debuté en el Sportivo, él era mi suplente. Hasta ahora, cuando lo veo, le digo: ‘Vos eras mi suplente, así que no hables mucho”, rememora Miguel con una sonrisa, quien en su época de jugador medía 1,83 metros.
En su juventud, el portero compartió vestuario con grandes jugadores paraguayos. Julio César Romero fue uno de los grandes centrocampistas, incluso llegó a defender los colores del Barcelona de España. Gariazú indica que aprendió mucho de ellos y que tuvo la suerte de ser parte de esa camada de grandes jugadores.
“Hubo grandes futbolistas luqueños. Incluso jugué un tiempo con el hermano de Chilavert, Rolando. Antes se apostaba mucho en las divisiones inferiores y siempre sacaban a jóvenes de la cantera”.
Miguel afirma que siempre tuvo gran respeto por los arqueros. En el medio internacional admiró a Hugo Gatty, en su país a Roberto ‘Gato’ Fernández, pero en el medio nacional siempre tuvo respeto y admiración por Luis Galarza y Carlos Trucco.
“Galarza me enseñó mucho a mi llegada al Tigre. A Carlos lo vi en el Mundial de 1994 y era también, al igual que Galarza, un gran arquero que siempre respeté”, señala.

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Cuando llegó al Tigre mostró su faceta de guardameta rockero

Gariazú siempre tuvo su tradicional melena larga inspirada en el histórico golero argentino Hugo Gatti, pero lo que pocos saben es que el paraguayo siempre fue un amante del rock, gusto que lo llevó a vivir anécdotas imborrables en su carrera deportiva.
A su llegada al Tigre, en los viajes del primer plantel en bus, el golero siempre fue el que se emocionaba al escuchar los sonidos de las guitarras de rock.
“El chofer ponía esta música y yo empezaba a cantar, a tararear. Ricardo Fontana dijo un día: ‘Escúchale a este primer paraguayo hippie que conozco’ (sonríe). Siempre me gustó el rock, incluso antes de llegar aquí. Antes de cada partido lo escuchaba y hasta ahora lo sigo haciendo”, sostiene.
Led Zeppelin, Deep Purple, Pink Floyd, Black Sabbath, The Doors, Jimmy Hendrix son algunas de las bandas favoritas del exfutbolista. Su familia hasta hoy lo escucha cantar sus canciones preferidas acompañado con movimientos de su melena, a la cual la considera parte de su identidad.

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Anécdotas que no se olvidan

Desde el 9 de septiembre de 1932 hasta el 12 de junio de 1935 Bolivia y Paraguay protagonizaron la Guerra del Chaco, una guerras que dejó al menos 90 mil muertos en ambos bandos. Fue catalogada como una de las guerras más sangrientas del siglo XX en este lado del continente.
En el transcurso de este conflicto bélico, muchos bolivianos fueron llevados a tierras paraguayas como prisioneros. Tuvieron varias labores, pero sobre todo la de construir el estadio Defensores del Chaco, en Asunción. 
Miguel relata con emoción que su abuelo (Rodolfo Antonio Gariazú Luna), un boliviano que cayó prisionero, se enamoró de una paraguaya en Asunción.
“Mi abuelo y mi abuela se conocieron en mi país y tuvieron un hijo que sería mi padre. Una vez que terminó la guerra, mi abuelo retornó a Bolivia junto con mi abuela y un bebé que venía en camino. Vivieron juntos un tiempo aquí, pero no sé qué pasó, ella se fue a Paraguay para dar a luz a mi padre”, relata el exfutbolista.
Miguel cuenta que su abuelo conoció a otra mujer en Bolivia y tuvo otros hijos. “No sabía muy bien, pero cuando llegué a La Paz me sorprendí de tener familiares en Bolivia”, cuenta. 
Sobre la lesión que lo alejó del fútbol, Gariazú menciona que nunca culpó a su colega César Zabala, paraguayo al igual que él. Zabala, tras ese accidente, salió enmanillado del estadio Hernando Siles de La Paz. “Desperté en el hospital y dije que solo fue una jugada del partido en la que yo saqué la peor parte y que no hubo intención por parte de mi compatriota”. Después de ese accidente, Zabala nunca volvió a ser el mismo. 
“Se fue a Paraguay y estando en Luque no pudo volver a jugar. No rindió más y se alejó del fútbol profesional. Yo fui a hablar con él para que retorne a las canchas, pero parece que se sintió muy culpable de mi lesión”, expresa.