Bolivia y la reforma universitaria de 1928

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Por Alejo Brignole     
Si bien el año 1918 fue inaugural para América Latina, pues fue entonces cuando comenzó a tomar forma el movimiento reformista universitario regional surgido en Argentina, la reforma boliviana consolidada 1928 hundía sus raíces mucho más atrás del movimiento argentino iniciado por el estudiante Deodoro Roca (véase en la edición del 15 de octubre de 2017, el artículo El Manifiesto Liminar de 1918, en este mismo espacio).

En nuestro país fueron las convenciones estudiantiles de 1902 en Potosí, o las de Sucre en 1909, las que ya habían expuesto la necesidad de desvincular a la Iglesia de la educación y del Estado si se quería alcanzar una ruptura progresista en la sociedad.

Sin embargo, la reforma boliviana abrevó principalmente de Perú sus contenidos ideológicos, pues a diferencia de la reforma argentina, en Perú ya existían fuertes componentes marxistas en el análisis social y académico que hicieron posible la reforma peruana de 1919.

Para cuando Bolivia acometió su propia revolución en los claustros, en Perú ya había sido fundado en 1924 el partido Alianza Popular Revolucionaria (APRA) por el dirigente estudiantil Víctor Raúl Haya de la Torre, junto a otros. También era impresa la revista Amauta dirigida por José Carlos Mariátegui, desde cuyas páginas se analizó el proceso universitario regional e influyó para que el movimiento reformista boliviano adquiriese posiciones afines al marxismo en algunos de sus postulados. En más de un sentido, las reformas universitarias peruanas y bolivianas estuvieron mucho más emparentadas entre sí, que ligadas al fenómeno argentino, con problemáticas cercanas pero cuyo mapa social y político era muy diferencial debido a la inmigración europea.

Será pues la influencia venida desde Perú la determinante para fomentar los primeros núcleos de un pensamiento marxista boliviano.

En lo referido a la problemática universitaria, la 1ra. Convención Nacional de Estudiantes de Bolivia realizada en agosto de 1928 en Cochabamba, le dará contexto y marco histórico al proceso reformista nacional. Pero será en La Paz el 27 de mayo de 1929, donde los estudiantes bolivianos lanzarán un manifiesto que resumiría los reclamos formales del movimiento universitario.

“El problema de la reforma universitaria y educacional –dirá el manifiesto– que es uno de los problemas básicos de Bolivia, tiene todos los caracteres de un movimiento revolucionario. Revolucionario en el sentido de subvertir el orden actual de nuestras universidades. De lucha enconada por librarlas de la política y de los intereses creados”.

Aunque la postura ideológica de nuestro movimiento reformista era claramente contraria a la esencia oligárquica que tenían los claustros hasta entonces, en su espíritu pueden entreverse diversas fuentes ideológicas, incluso antagónicas entre sí. Sirva de ejemplo el carácter liberal y laico de la reforma, con contenidos marxistas y hasta anarquistas.

No se puede obviar en esta interpretación, que esa 1ra Convención Nacional de Estudiantes de Bolivia contó con el apoyo del gobierno liberal de entonces, presidido por Hernando Siles Reyes (1926-1930), que era un liberal laicista y con un perfil de gobierno nacionalista. Será, por tanto, la influencia de sus ideas las que pueden rastrearse en el proceso reformista de 1928.

Haciendo una síntesis incompleta, podríamos apuntar que los contenidos de la reforma boliviana giraban en torno a la idea de una universidad autónoma que se constituyera en un “poder universitario”. Es decir, como otro poder dentro del Estado, pero liberado de la tutela doctrinal que éste venía imponiendo desde la misma independencia nacional. 

También contenía aspectos de una profunda convergencia social con vocación integradora. La clase trabajadora llegó con su influencia al estudiantado reformista y éste asumió como propias muchas reivindicaciones de un proletariado marginado e incluso oprimido. Por eso el texto de la Declaración surgida del Convención Nacional de Estudiantes de 1928, señala que “La universidad constituye el sitio privilegiado para la burguesía y la pequeña burguesía. Queremos que sus puertas se abran de par en par para todos los ciudadanos que tengan deseos de mejoramiento y el estudio. Nuestro postulado en este orden es: Popularización de la cultura. Extensión universitaria. Rendimiento útil para el medio que la sostiene. Las universidades no deben vivir al margen de los problemas nacionales e internacionales. La universidad debe constituirse en defensora de las libertades, en atajo a los despotismos”.

Y también señala una frase que demuestra la lucidez estratégica que acompañaba al movimiento, pues el texto añade que la universidad debe ser una “campana de alerta a los peligros del imperialismo yanqui”.

Señalamiento que no deja de sorprender en aquel año 1928 por su carácter premonitorio y su visión adelantada de lo que iba a significar la influencia ideológica y doctrinal estadounidense en los claustros latinoamericanos, hoy en plena vigencia.

Dentro de esta visión totalizadora y que era mucho más amplia y ambiciosa que la reforma universitaria argentina de 1918, la reforma boliviana produjo en los años posteriores algunos documentos igualmente relevantes, como el Manifiesto de los intelectuales jóvenes escrito en 1930 y dirigido a los obreros del campo, de las fábricas y de las minas y entre cuyos signatarios figuraron Enrique Baldivieso, José Tamayo, Augusto Guzmán, Antonio Díaz Villamil, José Antonio Arce y Augusto Céspedes, uno de los más importantes escritores de la llamada Generación del Chaco y de la revolución nacionalista de 1952.

El manifiesto reivindica como principio irrenunciable la “equidad y justicia social” y recuerda a los universitarios y actores intelectuales la misión que tienen de conducir por senderos constructivos y soberanos la organización del país y dar al pueblo ideas directrices para su conducta diaria.

Aunque fechemos el inicio de la reforma boliviana en aquel año 1928, en realidad su consolidación fue un proceso que tardó años, en los cuales se sentaron bases importantes para una estructuración sólida de aquellos principios manifestados en los inicios. 

En 1935 vio la luz el capítulo segundo de la Declaración de Principios promulgado por la Célula Socialista Revolucionaria, que aglutinaba a estudiantes de izquierda marxista.

Éstos declaraban el fracaso de los regímenes tradicionales en materia educativa, acusándolos de haber creado una clase dominante y opresiva que agravó la pauperización de las masas trabajadoras. Esta Declaración denunció sobre todo a las oligarquías mineras que se apropiaban de las fuerzas productivas y de la riqueza nacional expoliada al Estado y al conjunto de la sociedad.

Impregnados de esta visión fomentada por la reforma universitaria, buena parte de los estudiantes fueron, poco a poco, mutando en directores ideológicos y políticos de los núcleos obreros y socialistas aunque –como señaló el trotskista José Aguirre Gainsborg, fundador del Partido Obrero Revolucionario y uno de los protagonistas de la reforma estudiantil– el contenido de la reforma universitaria en Bolivia no era socialista, sino esencialmente democrático.