“AMLO reconoce a los indígenas como pobres a los que hay que asistir, no como pueblos con derechos”

Foto: W Radio
El presidente de México, Andrés Manuel López Obrador.

 

Luis Hernández Navarro, escritor y periodista mexicano

 

El analista internacional Luis Hernández Navarro, columnista del diario La Jornada de México y conductor del programa Cruce de palabras que se emite por TeleSur, es un pensador constructivo en el ámbito de la izquierda latinoamericana y un crítico reconocido debido a la lucidez de sus planteamientos. Democracia Directa pidió su opinión sobre estos meses inaugurales en la gestión del nuevo presidente Andrés Manuel López Obrador (AMLO) para entender algunas claves sobre el actual proceso mexicano. 

Ciertamente AMLO asumió la presidencia mexicana en medio de enormes expectativas nacionales y también internacionales, debido al nuevo giro hacia la izquierda que representa su figura y su partido MORENA. Sin embargo, México es un país sumido en desequilibrios muy complejos… ¿Cuál sería su primer diagnóstico sobre estos cinco meses de gobierno?

El presidente López Obrador fijó como objetivo central de su gobierno emprender, lo que él llamó, una Cuarta Transformación. Sin embargo, no hay hasta el momento un documento oficial que dé cuenta de las principales características de su propuesta. El mandatario anunció su propósito en plena campaña electoral y fue precisando algunas de sus peculiaridades sobre la marcha.

¿Cuáles serían?

AMLO parece concebir a su gobierno como la siguiente etapa de las tres grandes transformaciones políticas y sociales anteriores que vivió México: la Revolución de la independencia, la reforma que tuvo lugar entre 1858 y 1861, y por último la Revolución de 1910-1917. Pero a diferencia de ellas, según López Obrador, este nuevo trayecto histórico será pacífico y gradual, y no terminará como aquellos en la redacción de una nueva Constitución.

Suena muy alentador, pero su ejecución no parece sencilla…

Sin dudas… Para el partido Morena y para el Presidente, los componentes esenciales de este cambio son la lucha contra la corrupción, la separación del poder económico del político para colocarse por encima de las clases sociales (en la mejor tradición bonapartista), la recentralización del Estado y la redistribución del ingreso por la vía de apoyos directos a los más necesitados. Adicionalmente, decretó el fin del neoliberalismo y emprendió megaobras en el sureste, en una clara apuesta por la soberanía energética, sin modificar el actual marco legal.

Coincidirá usted en que concluir con la etapa neoliberal mexicana resulta un imperativo. Sin embargo, romper con su estructuración económica que impregna a toda la vida nacional mexicana es un enorme desafío… ¿Qué nos dice al respecto?

Creo que es un enorme desafío, en efecto. Tal vez por ello, y curiosamente, la abrogación del neoliberalismo fue acompañada de una profundización de las medidas neoliberales: libre comercio, autonomía del banco central, equilibrio marco-económico a ultranza y recortes draconianos del gasto público y la nómina gubernamental. Creo que si ya resulta difícil precisar en qué consiste la Cuarta Transformación en sus aspectos generales, esta dificultad se multiplica en el resto de los asuntos que hacen a la articulación de un país complejo como México. 

¿Por ejemplo?

El tema impositivo es uno de ellos. A pesar de que México es uno de los países donde menos impuestos se recaudan, AMLO se negó a hacer una reforma fiscal profunda y estructural. Más aún, ni siquiera propone realizar una miscelánea fiscal. De manera que su propuesta de financiar la construcción de una refinería, construir un nuevo aeropuerto, darle más dinero al Ejército e impulsar un ambicioso programa de becas sobre la base del ahorro en el gasto público y la lucha contra la corrupción, no creo que pueda funcionar. Los 500.000 millones de pesos que supuestamente podría obtener por esta vía para financiar sus proyectos no están en ningún lado porque se necesita generar recursos genuinos.

¿Qué áreas afectó Este recorte en el gasto público?

Pues de momento redujeron de forma relevante el presupuesto destinado a salud, a educación, a ciencia, a cultura y a defensa del medio ambiente. Ello provocó que comenzaran a gestarse olas de inconformidad entre los afectados por la reducción de estos servicios. Ya pasaron casi seis meses de Gobierno y la nueva administración anunció muchos cambios, aunque de momento pudo cristalizar unos pocos.

A pesar de todo, la gestión sigue con un alto porcentaje de apoyo popular que ronda el 70% del electorado, ¿Cree usted que se podrán mantener estos niveles de adhesión hasta finales de año?

Bueno, la popularidad de AMLO fue cayendo. Según la encuestadora Consulta Mitofsky, el 20 de mayo tenía un índice de aprobación del 59,9%, y una desaprobación del 38,4%. Esto significa que cayó siete puntos en un mes. De cualquier manera, y a pesar de este descenso, su valoración sigue siendo muy alta. Está por arriba de la votación que obtuvo en julio del año pasado. Sin embargo, se fue resquebrajando la confianza hacia López Obrador de varios sectores relevantes, como los maestros de educación básica y los trabajadores de la salud.

Paradójicamente, en las elecciones que se efectuaron el 2 de junio en seis Estados Morena obtuvo las dos gubernaturas que estaban en juego (Puebla y Baja California). En Puebla fue posible gracias al apoyo del PT (Partido del Trabajo) y otras fuerzas. En términos absolutos sus votantes se redujeron en casi tres millones en las seis entidades donde hubo elecciones. Ello significa una caída del 65%. Esta aparente contradicción (disminución de la popularidad y victorias electorales) tiene que ver con la profunda crisis de los partidos de oposición, que aún no se recuperan de la dura derrota en los comicios federales del año pasado.

Independientemente de las limitaciones, aciertos y errores de MORENA y López Obrador, ya comienza a percibirse una estructuración orgánica de la protesta más reaccionaria. ¿La marcha opositora del 5 de mayo sería un indicio de esta estrategia que comienza a asomar?
En la formación de un bloque opositor de derecha y un nuevo sentido común fueron más importantes los medios que las convocatorias a las protestas callejeras. En los hechos, los grandes empresarios de derecha se rearticularon en torno a Reforma, un periódico nacional que fue clave en el desgaste de AMLO entre los sectores medios. Cada día atacan en sus páginas al Presidente, con razón o sin ella. López Obrador le respondió a ese diario en sus conferencias de prensa de cada mañana (cinco días a la semana) al menos en 15 ocasiones. De esta manera lo convirtió en los hechos en la principal voz opositora. Reforma le respondió victimizándose.

Háblenos del espinoso asunto de las relaciones gubernamentales con los sectores indígenas. Los movimientos originarios temen nuevas expropiaciones y marginalidades por parte del Gobierno, hoy comprometido con ambiciosos planes desarrollistas.

AMLO reconoce a los indígenas como pobres a los que hay que asistir, no como pueblos con derechos específicos. Celebra su cultura en tanto le proporcione legitimidad a él. Esto pudo verse muy claramente en su ceremonia de toma de posesión en el Zócalo de la Ciudad de México. Allí, algunos dirigentes indígenas le entregaron un bastón de mando en una ceremonia sui generis (inventada para la ocasión), con invocaciones a los cuatro puntos cardinales, amuletos, rezos y copal. Andrés Manuel López Obrador no es el primer presidente al que se da un bastón de mando. El candidato del PRI a la presidencia, Adolfo López Mateos, lo recibió en 1957 en Guelatao, Oaxaca y José López Portillo se le otorgó en Temoaya, en 1978. Obviamente, quienes dieron al nuevo presidente el bastón de mando no representan al conjunto de los indígenas de México. La misma idea de un solo bastón de mando que represente al conjunto de los pueblos indígenas del país fue cuestionada por múltiples intelectuales indígenas y autoridades comunitarias. Es una invención. Los bastones son símbolos de autoridad de cada comunidad, tribu o nación. La ceremonia de investidura en el Zócalo creo que trivializó la cultura y espiritualidad de los pueblos originarios, uniéndolas al poder. Aunque no se reconozca, para la nueva administración los indígenas son objeto de políticas de combate a la pobreza, no sujetos de derechos, especialmente el de la libre determinación.

¿Cuál es el margen que usted le adjudica a AMLO para apartarse de la agenda hemisférica dispuesta por Estados Unidos?

En el terreno de las relaciones exteriores AMLO regresó a viejos principios de la política exterior mexicana, abandonando la política de intromisión en asuntos de otras naciones. Venezuela es un caso paradigmático de este nuevo esquema. El Gobierno se negó a reconocer a Juan Guaidó y a sumarse a las acciones punitivas en contra del Gobierno bolivariano, pero el subsecretario declaró que en Venezuela se violan los derechos humanos y no hay democracia. Reconoció al nuevo embajador del gobierno de Nicolás Maduro, pero, al mismo tiempo, le dio asilo a un conocido golpista. Sin embargo, López Obrador se negó a confrontar a Donald Trump, a pesar de sus continuas groserías y agresiones hacia México y los mexicanos. Incluso, en una carta al mandatario estadounidense, se comparó con este.

¿La deportación de inmigrantes centroamericanos que pasan por México tiene que ver con este obligado cumplimiento de ciertas directrices dimanas desde Washington?

Lamentablemente se ‘naturalizó’ el éxodo centroamericano en México. En los hechos, el Gobierno se niega a reconocer a migrantes como lo que son e hizo suyas las políticas del Gobierno de Estados Unidos. Tanto así, que la Policía mexicana funciona en ciertas coyunturas como una policía migratoria estadounidense subrogada.

La creación de una Guardia Nacional despertó severas críticas de continuismo represivo por parte del Estado mexicano. Sin embargo, es verdad que resulta necesaria una reformulación de las relaciones entre el Estado y su pueblo en materia de seguridad interna, muy contaminada por el narcotráfico, la injerencia estadounidense y la propia corrupción de sus cuadros. ¿Considera acertado crear este nuevo cuerpo de seguridad?

Existe un divorcio entre el Ejército y una enorme porción de la sociedad mexicana. El papel que las fuerzas armadas desempeñaron en la represión al movimiento estudiantil y en la matanza del 2 de octubre de 1968 les valió el repudio ciudadano. Su participación en la guerra sucia de la década posterior a Tlatelolco profundizó la animadversión en su contra. La ruptura, por tanto, no es nueva. El descontento hacia la milicia está alimentado por su responsabilidad en la represión sistemática a los movimientos populares. Lejos de cicatrizar con el paso de los años, la herida abierta en 1968 se hizo mayor. La activa intervención de las fuerzas armadas en tareas de contrainsurgencia en Chiapas y Guerrero arrojó una larga lista de graves violaciones a los derechos humanos y la promoción de grupos paramilitares. Su participación en funciones de policía en la guerra contra el narcotráfico escaló la animadversión ciudadana. Su actuación durante la noche de Iguala el 26 y 27 de septiembre de 2014, cuando fueron desaparecidos 43 jóvenes estudiantes normalistas de Ayotzinapa, y en las ejecuciones extrajudiciales en Tlatlaya hicieron aún mayor la desconfianza popular hacia la institución castrense. El triunfo de Andrés Manuel López Obrador estuvo alimentado, en parte, por el memorial de agravios de las fuerzas armadas y la esperanza de esclarecerlos, hacer justicia, reparar los daños y garantizar que no vuelvan a suceder. El discurso, acompañado por el ofrecimiento de no utilizar nunca más al Ejército para reprimir al pueblo, parece ser un llamado a hacer un borrón y cuenta nueva con las violaciones a los derechos humanos cometidas por los militares. Creo personalmente que la formación de la Guardia Nacional es un paso más en la militarización de la vida pública del país. Su creación fue cuestionada por organismos de derechos humanos y movimientos sociales. Lejos de resolver la inseguridad, creará nuevos problemas. Por lo pronto, su presencia en Minatitlán, Veracruz, no fue eficaz para frenar la acción del crimen organizado.

¿Podría hacernos una breve enumeración de los aciertos y fallos que a su criterio se produjeron en estos meses de Gobierno?

Entre los aciertos muy claros creo que podríamos mencionar, sin dudas, el no recurrir a la fuerza pública contra las expresiones de descontento popular. También hay una evidente convicción que AMLO muestra en la lucha contra la corrupción, sumada a su permanente dinámica de viajes por el país para conocer sus problemáticas de cerca, en lugar de atrincherase en la Ciudad de México. En cuanto a sus desaciertos, creo que podemos mencionar su propuesta de una reforma educativa que, en realidad, no es más que la cuestionada reforma educativa de su antecesor, pero ahora maquillada. Yo señalaría además sus anuncios de emprender grandes megaproyectos en territorios indígenas sin realizar consultas a los pueblos en los términos establecidos por el Convenio 169 de la OIT (Organización Internacional del Trabajo). Tampoco veo conveniente su descalificación de las expresiones de una genuina oposición de izquierda y de amplios movimientos sociales, tildándolos de radicales de izquierda y conservadores.