Atenti con la dolarización

 

Mempo Giardinelli

Como maldición que se reitera los domingos, últimamente sucede que la nota que se piensa escribir resulta inficionada por noticias, propuestas u operaciones (o todo eso a la vez) que enturbian lo pensado y perturban lo previsto. Así sucedió con la planeada continuidad de las ideas sobre educación —debate fundacional de la nueva Argentina que millones de compatriotas esperamos inaugurar el 10 de diciembre—, asunto que debió dejar paso a la malhadada propuesta de dolarizar de una vez por todas la economía argentina, por vía de eliminar el peso como moneda nacional para ser sustituido por el dólar estadounidense, que pasaría abiertamente a ser la nueva moneda nacional argentina.

Semejante temeridad ocupó alto milimetraje este domingo en todos los medios de (in)comunicación del sistema macrista, que reprodujeron a coro y casi sin comentarios el artículo titulado “Un dólar para Argentina”, firmado por el directorio editorial en pleno del diario neoyorquino Wall Street Journal, cuyas “fuentes” en Buenos Aires “creen que Macri podría hacerlo si tuviera el apoyo del Congreso”.

La reproducción sumisa y acrítica de ese artículo publicitó, además, los desdichados ejemplos de tres países hermanos que ya han sido recolonizados: Panamá, El Salvador y Ecuador.

Lejos de ser una noticia inocente —hoy ninguna lo es—, lo que nadie destacó es que detrás de esta “idea” se adivina la sombra de Domingo Felipe Cavallo, quien en más de una oportunidad impulsó la dolarización de la economía argentina y hace años fue estrechamente vinculado a la dolarización ecuatoriana cuando se eliminó su moneda nacional, el sucre.

La sola formulación de esta “propuesta” en el momento decisivo que vive nuestro país, y habida cuenta de la irresponsabilidad y delirio del gobierno macrista —capaz de cualquier barbaridad impuesta por decreto—, hace urgente alertar a la ciudadanía acerca de esta jugarreta destinada a arrojar toneladas de basura comunicacional, ahora con el cuento de las supuestas ventajas de la dolarización.

Como ya denunciamos en esta columna hace tres semanas al reflexionar sobre las estrategias de dominación del neoliberalismo, los confusos lenguajes dizque “técnicos” que abundan en la tele las 24 horas en realidad y objetivamente ocultan los temas que verdaderamente afectan a la sociedad, a la vez que disimulan el inconfesado interés de “debilitar y luego destruir las monedas nacionales”.

Por eso hemos advertido, y reiteramos, que “perder la moneda nacional equivale a la pérdida absoluta de soberanía económica”; que “el dólar es ante todo una moneda de dominación”; y que “por eso en lo que va de este siglo China, Rusia, Irán y otras economías se fortalecen no dolarizándose”.

En este contexto de extrema peligrosidad —ya que estos tipos son capaces de eliminar nuestra moneda y dolarizar todo por decreto—, esta columna reitera la convicción de que todos los asuntos que afectan a la soberanía y al bienestar del pueblo argentino están estrechamente interrelacionados. Por ejemplo, entre la eliminación de nuestra moneda nacional y la educación, el vínculo es directo y los daños pueden ser irreparables porque harían imposible que la educación pública argentina —gratuita, obligatoria, universal y laica— sea instrumento para “construir una sociedad justa, reafirmando la soberanía e identidad nacional”, como estableció la Ley de Educación Nacional 26206, sancionada en 2005.

Es desde esa convicción que condenamos esta infame idea de eliminar nuestra moneda (el castigado pero emblemático peso), lo que acaso conllevaría la liquidación del Banco Central y de todo el sistema de bancos estatales y provinciales que, bien o mal, y muchas veces muy mal, han sido o procurado ser instrumentos para el desarrollo.

Y sobre todo cuando son cada vez mayores las sospechas de que el actual desastre bancario y la fuga de divisas fueron planificaciones del macrismo para dejarles a Alberto y Cristina un país fundido y sin reservas. Y cuando a la vez se empieza a saber, como denunció ayer el colega Horacio Verbitsky y parece evidente dada la sobreabundancia de irregularidades en las contrataciones con el FMI, que para el endeudamiento no se habría cumplido casi ninguno de los procedimientos administrativos obligatorios para este tipo de compromisos del Estado. Lo que en buen romance significa que todo el desmadre de la deuda externa puede ser —y al parecer ya está siendo— pasible de impugnaciones judiciales de final absolutamente impredecible.

De donde se comprende fácilmente que el editorial del WSJ de inocente no tiene nada, y bien puede ser interpretado como una estratagema distractiva para cambiar el eje de la cuestión, eludir responsabilidades y a la vez dejarnos sin moneda nacional. Que sería como dejarnos sin himno y sin bandera, o sea sin identidad ni soberanía.