Las medusas sin veneno del lago indonesio Kabakan

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3. Las medusas del lago de agua salada de Kabakan se encuentran en remota y deshabitada región de la isla de Borneo.

En una remota zona de la isla indonesia de Borneo emerge el lago de agua salada Kabakan, donde viven unas particulares medusas que con el paso de los años perdieron el poder urticante en un hábitat sin especies depredadoras.

Las llamadas medusas sin veneno despiertan la curiosidad de decenas de personas que cada año se aventuran por el deshabitado islote de Kakaban, situado a 1.500 kilómetros de Yakarta, capital indonesia.

Una multimedia colgada en el portal YouTube reveló increíbles imágenes de bañistas que nadan en las aguas saladas del lago entre decenas de animales marinos de ese tipo; en tanto tocan sus tentáculos para comprobar la inocuidad, e incluso hay quien se atreve y los besa.

Hace más de dos millones de años, el sitio en el cual permanece Kabakan, o abrazo en el dialecto local, era un atolón con una laguna interna que se comunicaba con el mar, pero durante décadas las rocas emergieron y el lago quedó aislado.

Manglares y acantilados de piedra caliza de Kabakan rodean al lago, de una profundidad máxima de 18 metros y superficie de cinco kilómetros cuadrados.

De esa forma y de manera natural los tentáculos de las medusas perdieron sus células urticantes hasta que la toxicidad quedó imperceptible para los seres humanos.

La incomunicación con el mar evitó la penetración de cualquier animal marino de gran tamaño al lago, rey de sus habitantes actuales: pequeños peces, anémonas, esponjas, serpientes marinas y los cuatro tipos de las afamadas medusas.

Dewi Satriani, experta indonesia de la asociación ecologista Fondo Mundial para la Naturaleza, aclaró que la mutación del agua mala fue propiciada por la evolución natural del ecosistema, y al carecer de depredadores no necesitan picar para protegerse.

Miles de medusas de 10 y 30 centímetros de longitud forman un mosaico que combina el verde de las aguas y el rosáceo de las esponjas y corales, con el naranja y el blanco de las aguamalas.

Las agua mar más comúnmente avistadas en el estanque son de las especies Mastigias papua —redonda de color anaranjado— y Aurelia aurita —con forma de platillo y translúcida—.

Mientras que las profundidades del estero pertenecen a la Cassiopea ornata, cuya particularidad es vivir boca abajo con sus tentáculos virados hacia el sol, y la Tripedalia cystophora, la de menor tamaño y población.

Ellas suelen infundir temor tanto por el simbolismo de su nombre —que en la mitología griega equivale a un monstruo del inframundo capaz de convertir en piedra a quien se atreviera a mirar sus ojos— como por el doloroso efecto de la picadura.

Pero no todas las especies de medusas —emparentadas con las anémonas, las gorgonias y los corales— son nocivas para las personas; algunas, al contrario, son aliadas de la ciencia.

Y, ¿qué comen las medusas? Las mayores presas son las diminutas criaturas marinas llamadas plancton, y algunos tipos pequeños de la especie.

Las también conocidas como cnidarios son depredadoras oportunistas, comen lo que encuentran, y aunque algunas se limitan a ingerir pequeños huevos, otras pueden matar y comer peces enteros.

La mayoría vive menos de un año, y algunas de las más pequeñas sobreviven días. La etapa más familiar es la de medusa, en la cual la criatura generalmente nada impulsada por el agua y tiene tentáculos que cuelgan.

Machos y hembras reproducen miles de larvas llamadas plánulas, que se asientan sobre rocas y conchas del fondo marino y conforman un bulto del cual se desprenden muchas bebés llamadas ephyrae.

Asociaciones ecologistas advierten que el turismo puede ser un arma de doble filo y ya han solicitado al Gobierno indonesio limitar el número de visitantes con acceso al lago.

El año 2000, la isla enfrentó uno de sus momentos más críticos cuando algunos turistas introdujeron ejemplares de tortuga carey en la laguna, lo que estuvo al borde de causar la desaparición de las medusas, parte importante de la dieta de los quelonios.

* Por Yudith Díaz Gazán es periodista de Prensa Latina en Asia.